No hay persona más inopia, inocua, anodina, pueril, banal, insustancial y deslavazada que un periodista vendido que cede un pedazo de su alma y a la oscuridad de la y de la obligación comprada en el mercado negro de la comunicación. Aquel periodista que sin más, se queda sólo a emitir juicios sin salir al campo de batalla para verdaderamente enfrentarse a la cruel pero placentera dicha de buscar la verdad.


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